Informe Sectorial de Telecomunicaciones elaborado por AEC
19/05/2007
Presentación de Diego Pavía

 

 

Si uno analiza con detenimiento las causas más importantes que explican el porqué de la primera revolución industrial, nos encontramos con el importante papel que desempeñaron las comunicaciones.

Estamos hablando de la Inglaterra de la segunda mitad del siglo XVIII, donde había una capa social propietaria de tierras y una cierta riqueza acumulada que permitía una inversión para la transformación económica, con una fuerte voluntad en la sociedad inglesa de invertir en el progreso económico y en el comercio exterior como fuente de ingresos y riqueza.

¿Qué ventajas tenía Inglaterra? Una muy sencilla: no había ninguna gran ciudad que distara más de 100 kilómetros del mar y mucho menos de cualquier canal navegable.

La segunda revolución industrial tiene lugar entre el último tercio del siglo XIX y la Primera Guerra Mundial y, en ella, Inglaterra comparte el peso con otros países, como Estados Unidos, Alemania o Japón. Una de las claves es el uso de una nueva fuente de energía que sustituye al vapor y que tiene una enorme importancia en el desarrollo de los motores de explosión. Nos referimos al petróleo, que alcanza su madurez en la primera mitad del siglo XX y que tiene como máximo exponente a Henry Ford. En el caso de Inglaterra, podemos decir que el hito más importante de finales del siglo XIX es el establecimiento de los ferrocarriles. En Estados Unidos podemos hablar de enormes inversiones y de miles de personas trabajando en la construcción de líneas de ferrocarril.

Quizá nos encontramos en aquella época ante los preámbulos de la globalización, tal como hoy la entendemos, como consecuencia de la necesidad de obtener materias primas para abastecer a los diferentes procesos de producción y, a su vez, de descubrir nuevos mercados en los que se pudieran vender los excedentes de producción.

Sirva esta breve y pequeña reflexión inicial para darnos cuenta del trascendental papel que han tenido las comunicaciones en dos momentos históricos, sin los cuales no se entendería lo que hoy son nuestros modelos de sociedad.

¿Estamos asistiendo a la tercera revolución industrial, en la que volvemos a hablar de la comunicación como uno de sus pilares fundamentales?

Somos muchos los que pensamos que sí, pero en esta ocasión no hablamos de infraestructuras y ferrocarriles, de rutas marítimas o del nacimiento del vehículo de motor de explosión. Hablamos de nuevas y avanzadas formas de comunicación (telecomunicación), en las que todavía no somos capaces de aventurar cuáles son los límites en cuanto a dispositivos, lenguajes, aplicaciones o servicios, pero sí tenemos claros dos aspectos: por un lado, están revolucionando la forma de hacer las cosas de los ciudadanos, las empresas y las Administraciones Públicas; por otro, están poniendo en nuestras manos una poderosa herramienta de comunicación rápida, sensorial, barata, multipolar (de todos con todos) y de acceso casi universal.

Hablamos, en consecuencia, no de una industria más, sino de la industria que más está condicionando el resto de los sectores de actividad y, por tanto, las economías de todos los países. Podríamos decir que las comunicaciones no son sólo la suma de redes, servicios y dispositivos, sino que van más allá, en el sentido de estar construyendo un nuevo modelo de sociedad, de relaciones entre los diferentes actores.

Un ejemplo: la mayor empresa de paquetería del mundo mueve cerca de 16 millones de paquetes al día. El 95% de esos paquetes está perfectamente monitorizado on-line, tanto internamente por los propios empleados como externamente por los clientes. Y cada día entran otros 16 millones de paquetes en el sistema.

Otro ejemplo: médicos de Estados Unidos envían todos los días de forma electrónica miles de radiografías a sus colegas de Australia, que, mientras ellos duermen, analizan y procesan la información, de forma que al día siguiente sus pacientes reciben los resultados.

Ambos ejemplos ilustran cómo las nuevas formas de comunicación permiten nuevos e inimaginables modelos de negocio, que, sumados y multiplicados entre sí, están derivando en nuevos modelos de sociedad y, ¿por qué no?, en lo que algunos llamamos "la tercera revolución industrial".

En España, el sector de las telecomunicaciones representa alrededor del 17% del total del mercado de servicios de TI, el segundo en importancia después del sector financiero, y supone cerca de 2.000 millones de euros. Con respecto a años anteriores, observamos una cierta ralentización en las inversiones y presupuestos dedicados tanto a proyectos de consultoría como a nuevos desarrollos o proyectos de externalización, con un crecimiento sustancialmente inferior a la media del sector, que hemos previsto en el 9,6%.

Los retos son importantes y, tal como se expondrá más adelante en este informe, giran en torno a la convergencia, la tecnología 3G, el acceso a terminales compatibles, el desarrollo de la banda ancha y de todos los servicios asociados, los incrementos del ARPU, las capacidades de la TDT o la interoperabilidad entre sistemas, organizaciones y servicios.

Asimismo, la globalidad de los operadores, los siempre presentes movimientos corporativos y la apertura de mercados menos maduros hacen que este sector deba estar a la vanguardia de nuevos desarrollos y proyectos de innovación, de aplicaciones y servicios a otras industrias, como la sanidad, el sector público o la industria retail, y, en definitiva, liderando la transformación y evolución de la Sociedad de la Información.

En este sentido, el papel de las empresas de servicios TIC debe ser de vanguardia, acompañamiento y definición de las mejores prácticas para abordar ese gran cambio que ha traído la penetración y el uso inteligente de las telecomunicaciones en los tres ámbitos de nuestra vida: empresarial, social y personal.