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27/09/2016
Internet, AEC
Internet, AEC
21/08/2015
Hace casi 30 años, los economistas Robert Solow y Stephen Roach conmocionaron señalando que no había ninguna evidencia de que todos los miles de millones de dólares invertidos en tecnologías de la información se hubieran traducido en una mayor productividad.

 Fuente;  www.elespectador.com

Las empresas estaban comprando decenas de millones de computadoras cada año y Microsoft acababa de salir a bolsa, redituándole a Bill Gates sus primeros mil millones. Y, sin embargo, en lo que llegó a conocerse como la paradoja de la productividad, las estadísticas demostraban no sólo que el crecimiento de la productividad no se aceleraba, sino que, en realidad, se estaba desacelerando. “Se ve la era de la informática en todas partes”, bromeó Solow, “menos en las estadísticas de productividad”.

La sensación es que estamos en un momento histórico similar con una nueva innovación: la tan publicitada Internet de las cosas —la asociación de máquinas y objetos con redes digitales—. Sensores, gadgets y otros dispositivos conectados demuestran que el mundo físico ahora se puede digitalizar, monitorear, medir y optimizar. Como sucedió con las computadoras antes, las posibilidades parecen infinitas, las predicciones han sido extravagantes —y los datos todavía tienen que mostrar un incremento de la productividad—. Hace un año, la firma de investigación Gartner colocó a la Internet de las cosas en el pico de su ciclo de sobre-expectativas de las tecnologías emergentes.

En tanto se esgrimen más y más dudas sobre la revolución de productividad generada por la Internet de las cosas, vale la pena recordar lo sucedido cuando Solow y Roach identificaron la paradoja de la productividad informática original. Para empezar, recordemos que los líderes empresariales ignoraron, en gran medida, la paradoja de la productividad e insistieron en que detectaban mejoras en la calidad y velocidad de las operaciones y la toma de decisiones. La inversión en tecnologías de la información y de comunicaciones siguió creciendo, a pesar de que no hubiera una prueba macroeconómica de sus retornos.

Esa resultó ser lo correcto. Para fines de los años 90, los economistas Erik Brynjolfsson y Lorin Hitt habían refutado la paradoja de la productividad. Descubrieron problemas en cómo se medía la productividad del sector de servicios y, más importante aun, observaron que en general había una demora prolongada entre las inversiones en tecnología y los réditos en productividad.

Nuestra propia investigación en ese momento descubrió un gran salto en la productividad a fines de los 90, impulsado, principalmente, por las eficiencias que fueron posibles gracias a las inversiones tempranas en tecnologías de la información. Esos réditos se vieron en varios sectores, incluidos el comercio minorista y mayorista, los servicios financieros y la propia industria informática. Las mejoras más importantes en productividad no fueron el resultado de la tecnología de la información por sí sola, sino de su combinación con cambios de procesos e innovaciones organizacionales y gerenciales.

Nuestra investigación más reciente, The Internet of Things: Mapping the Value Beyond the Hype (La Internet de las cosas: mapeando el valor más allá del despliegue publicitario) indica que podría repetirse el ciclo. Al mismo tiempo que la Internet de las cosas transforma fábricas, hogares y ciudades, ofrecerá un mayor valor económico del que sugiere la promoción publicitaria. Para 2025, según nuestras estimaciones, el impacto económico alcanzará 3,9-11,1 billones de dólares por año, equivalentes a alrededor del 11% del PIB mundial. Sin embargo, es probable que, a la vez, veamos otra paradoja de la productividad: llevará tiempo hasta que los réditos de los cambios en la manera en que operan las empresas se detecten a nivel macroeconómico.

Un factor importante que quizá demore la ventaja en materia de productividad será la necesidad de llegar a una interoperabilidad. Los sensores en los autos pueden ofrecer réditos inmediatos al monitorear el motor, reducir los costos de mantenimiento y extender la vida útil del vehículo. Pero se pueden obtener mayores beneficios si se conectan los sensores a los sistemas de control del tránsito, lo que permitiría reducir el tiempo de viaje de miles de motoristas, ahorrar energía y reducir la contaminación. Sin embargo, esto primero exigirá que los fabricantes de autos, los operadores de tránsito y los ingenieros colaboren en tecnologías y protocolos de gestión del tránsito.

Estimamos que el 40% del potencial valor económico de la Internet de las cosas dependerá de la interoperabilidad. Sin embargo, algunas de las piezas fundamentales de la interoperabilidad aún no existen. Dos tercios de las cosas que se pueden conectar no utilizan redes de protocolo de Internet estándar.

Otras barreras que dificultan poder aprovechar el potencial pleno de la Internet de las cosas incluyen las protecciones de la privacidad y la seguridad y ciclos de inversión prolongados en áreas como infraestructura, donde podría llevar varios años modernizar los activos heredados. Los desafíos de la ciberseguridad son particularmente serios, ya que la Internet de las cosas aumenta las oportunidades de ataques y amplifica las consecuencias de cualquier violación.

Como en los 80, los mayores obstáculos para alcanzar el pleno potencial de la nueva tecnología serán organizacionales. Algunos de los réditos en productividad que genere la Internet de las cosas resultarán del uso de los datos para guiar los cambios en los procesos y desarrollar nuevos modelos de negocios. Hoy en día se utiliza un porcentaje mínimo de los datos recogidos de la Internet de las cosas, y se los aplica únicamente de maneras básicas —para detectar anomalías en el desempeño de las máquinas, por ejemplo.

Pasará un tiempo hasta que los datos se utilicen como rutina para optimizar los procesos, hacer predicciones o informar sobre toma de decisiones —los usos que derivan en eficiencias e innovaciones—. Pero es algo que sucederá. De la misma manera que con la adopción de la tecnología de la información, las primeras compañías que dominen la Internet de las cosas probablemente obtengan ventajas significativas, ya que las colocaría muy por delante de sus competidores para cuando la importancia del cambio sea obvia para todos.

* Presidente de Desarrollo de Políticas Económicas y director de la Iniciativa de Políticas Comerciales y Públicas en la Brookings Institution.
** Director del McKinsey Global Institute (MGI) y miembro no residente de Brookings.




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