2009, año de la creatividad, de la innovación y ¿del conocimiento?
Vivimos en la era del descubrimiento y cada día la ciencia nos acerca más a comprender preguntas fundamentales sobre la vida y la enfermedad, los factores específicos (área científica y nacionalidad) aún cuentan mucho en la dinámica de la ciencia y en particular en el de la tecnología.

www.diariovasco.com  01.02.2009

En 1847, Ignac Semmelweis, un médico húngaro que trabajaba en la maternidad del Hospital General de Viena, en Austria, descubrió que la incidencia de fiebre puerperal podía reducirse drásticamente si, antes del examen ginecológico, los médicos se lavaban las manos con agua clorada (al finalizar el siglo XIX alrededor de 10 de cada 1.000 mujeres morían de parto o durante los 45 días posteriores al parto). La hipótesis de Semmelweis, que decía que había una única causa responsable de la fiebre puerperal y que podía eliminarse simplemente con medidas de higiene, fue ignorada hasta comienzos del siglo XIX.
Cincuenta años antes, en 1796, Edgar Jenner, un médico rural de Berkeley, Inglaterra, había observado que los granjeros infectados con la viruela bovina eran inmunes a la viruela humana, y en 1796 inoculó a un niño con pus extraída de una pústula de la mano de una granjera. Cuatro años después, 100.000 personas habían sido ya vacunadas en Europa y, en los Estados Unidos, el presidente Thomas Jefferson había iniciado una campaña de vacunación. En España, en 1803, el rey Carlos IV financió la expedición de Francisco Javier Balmis para iniciar la vacunación contra la viruela en las colonias americanas.
Es llamativo que la comunidad médica austriaca no aceptase la idea de una única causa para explicar la fiebre puerperal y la introducción de medidas de higiene en los hospitales y que, al mismo tiempo, en el Reino Unido la idea de la vacunación para prevenir la viruela fuese ya ampliamente aceptada. En ambos casos se desconocía cómo actuaban estos tratamientos, pero sólo en el caso de la vacunación se confió en los resultados. Uno y otro caso ilustran la importancia de la cultura propia de las distintas comunidades científicas nacionales, especialmente en una época de baja internacionalización de la ciencia y en el área médica en particular.
Si bien vivimos en la era del descubrimiento y cada día la ciencia nos acerca más a comprender preguntas fundamentales sobre la vida y la enfermedad, los factores específicos (área científica y nacionalidad) aún cuentan mucho en la dinámica de la ciencia y en particular en el de la tecnología. Así, aunque en el siglo XX la ciencia y el conocimiento científico se han globalizado y es innegable que la producción de riqueza está estrechamente ligada al conocimiento y sus aplicaciones, el aprovechamiento socioeconómico que se hace de los resultados de la investigación varía enormemente de un país a otro. Es la llamada «paradoja europea» (término acuñado en 1995 por la Comisión Europea en el informe Made in Europe) según la cual, si bien la Unión Europea produce tantos trabajos científicos como los Estados Unidos, su nivel de productividad empresarial es sensiblemente inferior. Una de las consecuencias de esta reflexión fue un cambio en la política científica europea que consistió en incrementar los recursos financieros dedicados a la investigación estratégica y aplicada (es decir, aquella que tiene como objeto alcanzar objetivos socioeconómicos concretos principalmente en áreas como la salud, las comunicaciones o los materiales) para mejorar la productividad empresarial y restringir los recursos dedicados a la investigación dirigida al avance del conocimiento (es decir, aquella en la que el investigador decide qué es una pregunta interesante y cómo resolverla).
Es difícil justificar esta política. Principalmente, cuando se recuerda que 40 años después de que el presidente Richard Nixon iniciase su famosa Guerra Contra el Cáncer la lucha contra esta enfermedad, aunque ha progresado, lo ha hecho frustrantemente despacio. El argumento que se esgrimió entonces para justificar esta política fue que la investigación básica conduciría rápidamente a la curación del cáncer del mismo modo que el Proyecto Manhattan, durante la II Guerra Mundial, había llevado a la construcción de la primera bomba atómica. Pero esa esperanza estaba infundada, principalmente porque ese conocimiento básico sobre el cáncer no existía. El Proyecto Manhattan tuvo éxito porque el conocimiento básico en física nuclear sobre el que se sustentó el proyecto se había producido previamente. En el caso de la Guerra Contra el Cáncer sus promotores hicieron promesas sobre futuros tratamientos basándose en descubrimientos científicos sobre la biología del cáncer que aún no se habían producido. En el caso de la lucha contra el sida, debido a que sí existía el conocimiento básico previo, el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH) fue rápidamente aislado (en 2008 la Fundación Nobel ha recompensado merecidamente a sus descubridores) haciendo posible el desarrollo y comercialización de un test diagnóstico sin el cual la epidemia del sida habría sido incontrolable. Por el contrario, el conocimiento básico necesario para crear una vacuna contra el VIH no existía (ni existe) y por consiguiente todos los intentos han fracasado.
De lo dicho anteriormente se deduce que es muy difícil predecir qué avances del conocimiento van a resultar en nuevas aplicaciones, por no decir nada del proceso de transferencia del conocimiento científico en nuevos productos. No obstante lo anterior, la experiencia comparada, principalmente con los Estados Unidos, pone de manifiesto una serie de actuaciones decisivas en el proceso de innovación industrial, entre las que caben desatacar: 1) que la investigación científica financiada con fondos públicos es crucial en el proceso de innovación industrial; 2) que la competición y el esfuerzo continuado por alcanzar la excelencia en las universidades y centros de investigación desempeñan un papel clave en el proceso de generación de conocimiento y la innovación; 3) la importancia prioritaria que tiene para la innovación tecnológica desplegar una amplia y variada red de relaciones entre las universidades y centros de investigación con el sector privado que tenga como objetivos prioritarios generar una relación de confianza y el intercambio de conocimiento; 4) que el conocimiento per se no genera riqueza, sino que es necesario, además, impulsar un entorno cultural e institucional comprometido con la innovación tecnológica; 5) la importancia de concertar la política científica y de innovación industrial europea con las políticas regionales y nacionales; y 6) la necesidad de incrementar el esfuerzo público y privado en I+D hasta alcanzar el 2,5% del PIB.
El 7 de enero de 2009 la Unión Europea inauguró, en Praga, el Año Europeo de la Creatividad y la Innovación, con el lema «Imagina. Crea. Innova», porque Europa necesita acrecentar, y más que nunca en tiempos de crisis, su capacidad de innovación.
Pero no nos olvidemos del conocimiento: si abandonamos la generación de conocimiento y nos centramos en la innovación, el panorama europeo no mejorará mucho.
 
JOSÉ M. MATO, DIRECTOR GENERAL DE CIC BIOGUNE Y CIC BIOMAGUNE