Ser nativo o nativa digital supone tener un talento natural para adaptarse a las nuevas tecnologías
23/09/2014
Por primera vez probablemente en la Historia, nos encontramos en una situación en la que la nueva generación, la que conocemos como “nativos digitales” ve reforzada permanentemente su sensación de que los adultos no saben nada, y lo hacen además en el momento de su desarrollo en que más necesario sería que se dejasen al menos aconsejar.

Fuente:  www.cibersur.com

Tu hijo primero pensará “mi padre lo sabe todo”, luego pasará a “hay cosas que mi padre no sabe”, el siguiente estadio será “mi padre no tiene ni idea de nada” y finalmente llegará a la conclusión “cuánta razón tenía mi padre”. Probablemente el texto anterior le suene, en mi caso fue mi propio padre quien me lo transmitió, y debo admitir que lo hizo cuando estaba en la tercera etapa y ahora, que llevo tiempo en la última, lo recuerdo con frecuencia.

En realidad, lo que esa evolución refleja es cómo cualquier persona va creciendo en la comprensión de la realidad que le rodea y cómo ese conocimiento le va permitiendo entender primero que es imposible conocerlo todo y después que existen ciertos conocimientos y experiencia que, al interiorizarse, nos ayudan a tener perspectiva y poder juzgar la información que recibimos y enmarcar las decisiones que tomamos.

Por primera vez probablemente en la Historia, nos encontramos en una situación en la que la nueva generación, la que conocemos como “nativos digitales” ve reforzada permanentemente su sensación de que los adultos no saben nada, y lo hacen además en el momento de su desarrollo en que más necesario sería que se dejasen al menos aconsejar.

Ser nativo o nativa digital supone tener un talento natural para adaptarse a las nuevas tecnologías, a los cambios que las nuevas herramientas generan, a un mundo en el que las posibilidades de hacer, saber, contar, compartir, se disparan de forma permanente y a una velocidad imposible de digerir para los demás.

Por otra parte, no serlo supone llegar siempre más tarde a la adopción de la tecnología, quedarse descolgado de un mundo de conocimiento y conversación global, no entender que la privacidad y la intimidad se están redefiniendo, que nadie puede vivir ya de intermediar con el conocimiento, que la colaboración es un fin en si mismo que no siempre busca nada más allá que la satisfacción de compartir conocimiento, o que un campeón mundial de un videojuego pueda ser una estrella mediática del tamaño de un astro del fútbol aunque su audiencia no la consiga por televisión.

Desde esta doble perspectiva, se hace especialmente necesaria la alfabetización mediática. Por una parte porque resulta imprescindible sembrar en los adolescentes la visión crítica que les permita filtrar la información que reciben, entender que saber hablar (o escribir) no es lo mismo que saber de qué se habla, que popularidad no es influencia y que ésta tampoco está siempre alineada con la valía profesional. Por otra, porque quienes acumulan experiencia y perspectiva y se cierran a los nuevos medios de información, están renunciando a una visión enriquecida del mundo y de su entorno.

Pensemos en muchas de las situaciones que hoy día vivimos con normalidad y cómo las afrontamos. Por ejemplo la contratación de servicios turísticos. En este ámbito las reviews (experiencias o valoraciones de usuarios respecto de un producto o servicios) resultan cada vez más importantes para unos usuarios que valoran más la opinión de un extraño o un prescriptor con intereses similares, pero de quien desconocen sus motivaciones, que la de un amigo o un familiar. Aprender a sacar todo el partido de la voluntad de muchas personas de dejar una opinión para ayudar a otros a tomar una buena decisión y, a la vez, distinguir las que son interesadas en un sentido u otro, resulta una capacidad básica para no dejarse llevar.

También el consumo de medios de comunicación tradicionales se ha visto modificado. No hay programa de radio o televisión que no tenga un hashtag (etiqueta en Twitter) o una página de fans en Facebook. Por otra parte, en cualquier cadena de televisión que podamos pensar, se trabaja con la perspectiva de lo que se denomina “segunda pantalla”. Este término hace referencia a la utilización de un dispositivo conectado (smartphone, tablet, etc…) simultáneamente con el consumo de televisión. Esta transformación en la recepción de la comunicación ha permitido que frente al sesgo editorial presente en cualquier medio, la participación en un debate entre decenas o cientos de personas que se produce en redes sociales en torno al contenido del programa en cuestión, permite un mayor análisis, una digestión de la información más intelectual y madura y un enriquecimiento de los puntos de vista de quienes participan.

En resumen, asistimos a una época de “infoxicación” con un volumen de información y de fuentes descomunales, lo que supone una oportunidad increíble de saber, aprender y participar que no debe desaprovecharse. Pero también exige que se entienda cómo funciona. Por ejemplo que la visibilidad de los contenidos depende tanto de los recursos disponibles por los grandes grupos de comunicación y corporaciones que pueden invertir en publicidad en redes o en el buscador, como de la actuación colectiva de los usuarios que determinan aquellos contenidos que resultan más populares y relevantes.

La imprenta impulsó que más personas aprendieran a leer. Internet requiere que más personas aprendan a realizar un juicio crítico y a compartirlo para construir eso que se denomina “inteligencia colectiva”.