La calidad de la salud en el mundo es responsabilidad de todos
19/11/2009
En un mundo en que los avances en tecnología y la facilidad de viajar ponen continuamente en jaque a las fronteras nacionales, los problemas de salud pueden aumentar rápidamente, amenazando la vida y la prosperidad de numerosas poblaciones.

Fuente:  www.wharton.universia.net   Fecha:   19.11.2009

En todo el mundo en desarrollo, las enfermedades infecciosas y crónicas desafían a más de mil millones de personas que viven en la pobreza. Los países ricos se enfrentan a sus propias dificultades cuando se ven obligados a encontrar medios para financiar la atención médica sofisticada. Para que haya avances significativos en la salud de todos, los gobiernos y organizaciones con y sin fines de lucro necesitan encontrar una forma de estimular soluciones innovadoras y revolucionarias no sólo para tratar las enfermedades existentes, sino también para mejorar la prestación de servicios de salud.

Ganadores del premio Nobel y expertos en salud hablaron sobre el asunto durante un panel en el ámbito del Festival de Pensadores titulado Bienestar futuro: rumbo a un mundo más saludable. “Todos formamos parte de la globalización y nos lucramos con ella. Viajamos por todo el mundo. Tenemos que involucrarnos de manera más activa en las cuestiones mundiales de salud a través de donaciones, dando consejos y también compartiendo responsabilidades”, observa Richard Ernst, ganador del Nobel de Química de 1991 y uno de los participantes del panel.

La magnitud del problema es enorme y llama la atención debido a sus disparidades escandalosas. África subsahariana es responsable de un 24% de las enfermedades de todo el mundo, aunque sólo un 11% de la población mundial vive allí.

Lo más sorprendente, de acuerdo con cifras del Banco Mundial, es que la región representa sólo un 1% de los gastos en salud global. La Organización Mundial de la Salud estima que los cuidados de salud básica costarían de 35 a 40 dólares por persona en el África subsahariana, pero la mitad de toda la atención a la salud en la región lo pagan de su bolsillo pacientes extremadamente pobres. Para satisfacer inicialmente las demandas crecientes de salud sólo en esa región, son necesarias nuevas inversiones, estimadas en 25 a 30.000 millones de dólares, en hospitales, clínicas y almacenes, si es necesario.

J. Robin Warren, uno de los ganadores del Nobel de Medicina de 2005, y que también participó en el panel, advierte que los problemas globales de salud no están limitados por la geografía. Él resalta que las enfermedades infecciosas — inclusive aquellas que hoy en día son resistentes a los antibióticos tradicionales— pueden esparcirse por todos los países en esta era actual de viajes y migración por todo el mundo. Si países ricos, como EEUU, no son capaces de gestionar mejor los problemas mundiales de salud, de aquí a 50 años el mundo podría tener niveles de infección más elevados que hace 100 años, dice. “Creo que el Gobierno americano debería prepararse para comprar medicamentos y donarlos a los países pobres, ya que ellos no tienen medios para pagar los medicamentos. El Gobierno americano —por el bien del país— podría tratar más eficazmente las enfermedades. Si los países ricos ayudan a los más pobres, se estarán ayudando a sí mismos”.

Mejor utilización de los recursos

Neal Nathanson, rector adjunto de salud global de la escuela de medicina de la Universidad de Pensilvania, dice que los desafíos para la salud mundial se encuadran en tres categorías principales. En primer lugar, hay problemas de dimensiones muy amplias —como es el caso de la contaminación, superpoblación y agotamiento de los recursos— que afectan a todo el planeta. Cuando falta lo básico para las personas, inclusive alimentos y agua, es muy probable que padezcan problemas de salud, destaca Nathanson.

El segundo problema es económico. Con 1.400 millones de personas viviendo con 1,25 dólares al día, según datos del Banco Mundial, la pobreza es un factor de peso en la salud mundial. “Aunque toda esa gente viva por debajo de la línea de la pobreza, el presupuesto en salud es minúsculo, y el resto de cosas que afectan a la salud será menos que óptimo”, dice Nathanson.

El obstáculo final para la mejora de la salud global es lo que Nathanson llama “desarrollo social”. Las preocupaciones de carácter no económico, como la alfabetización y los derechos de la mujer, pueden ayudar a crear los cimientos para los sistemas de salud basados en la comunidad incluso con recursos financieros limitados. “No conseguiremos sacar de la pobreza a esos millones de personas de la noche a la mañana, pero es posible hacer muchas cosas con desarrollo social. Creo que ésta es un área en que se puede intervenir y hacer algo que sea práctico y no sólo hipotético”.

Nathanson dice que aunque las instituciones multilaterales, como la Organización Mundial de Salud y las Naciones Unidas, junto con instituciones de caridad y fundaciones, estén intentando aliviar los problemas de salud de todo el mundo, siempre topan con dificultades a la hora de distribuir eficazmente los recursos que poseen. En algunos países, organizaciones bien intencionadas están trabajando sin licencias y sin coordinación. “Es todo más o menos caótico”, dice él. “No se trata sólo de recaudar dinero, sino también de usar mejor los recursos”.

En muchos casos, se dispone de la voluntad y los recursos para tratar las enfermedades en el mundo en desarrollo, pero a esos países les faltan las infraestructuras básicas. Sin carreteras, energía, agua limpia y proveedores de servicios básicos de salud —inclusive profesionales de enfermería— es simplemente imposible llevar medicamentos y tratamientos que puedan salvar vidas hasta los pacientes que los necesitan, observa Nathanson.

Marjorie Muecke, rectora adjunta de relaciones globales de salud de la escuela de enfermería de la Universidad de Pensilvania, dice que los proyectos de salud de escala mundial en el mundo en desarrollo están siempre buscando nuevos medios que permitan la mejor utilización posible de la tecnología y de los proveedores de salud de que disponen. En algunos casos, dice ella, los países están creando redes comunitarias de salud formadas por voluntarios, la mayor parte de ellos mujeres. Muchas de esas voluntarias son esposas de líderes influyentes de la comunidad en posición de hacer de la salud una cuestión prioritaria. En India, se están empleando profesionales de enfermería en áreas rurales para ayudar en la clasificación de poblaciones y para identificar pacientes que puedan necesitar desplazarse para recibir tratamientos más avanzados en el consultorio médico o en el hospital.

Las organizaciones de filantropía bien intencionadas han acabado creando dificultades para el suministro de servicios de salud a escala global, observa Muecke. Organizaciones no-gubernamentales se instalaron en muchas áreas rurales pobres y allí identificaron a personas brillantes y prometedoras. Luego, las contrataron para gestionar programas específicos. Aunque eso sea bueno para el esfuerzo individual, Muecke resalta que, con el tiempo, esa práctica lleva a una fuga de cerebros en los sistemas públicos locales y en los ministerios de salud de los gobiernos. “A largo plazo, eso crea un problema, porque frustra la capacidad del Gobierno de responsabilizarse por la promoción de la salud”.

Al mismo tiempo, sin embargo, los profesionales de salud que trabajan en países en desarrollo están descubriendo formas innovadoras de usar la tecnología y aumentar la eficiencia del personal disponible, dice Muecke. En algunas áreas, por ejemplo, los trabajadores del campo están usando cámaras del móvil para fotografiar pacientes con determinadas enfermedades enviando a continuación las fotos a médicos mejor preparados en busca de consejo para el tratamiento de salud más adecuado. “Los pobres tal vez no tengan TV u ordenador, pero tienen teléfono móvil. Necesitamos usar la tecnología de formas nuevas, para que podamos difundir el conocimiento de aquellos profesionales cuyo preparación fue costosa con el objetivo de que puedan servir a las poblaciones en áreas remotas”.

Mientras tanto, de acuerdo con Myrna Weissman, profesora de Epidemiología y Psiquiatría de la Universidad de Columbia, y miembro del panel Festival de los Pensadores, la enfermedad puede tener un fuerte impacto sobre el desarrollo económico de países donde hay poca o ninguna condición para los servicios de salud pública. La depresión es un factor importante de atraso en el mundo desarrollado, dice Weissman. Aunque sea un poco más difícil de filtrar los costes de la depresión y de la enfermedad mental en comparación con otros problemas de salud como, por ejemplo, una enfermedad infecciosa o desnutrición, su efecto es igual de debilitante.

Weissman ha hecho investigaciones de campo en África explorando tratamientos para la depresión entre personas atrapadas en medio de guerras civiles o crisis de VIH. Ella dice que los programas eficaces de salud mental toman en cuenta las sensibilidades culturales. Los africanos respondieron bien a la terapia de grupo y a otros enfoques usados en el combate de la depresión en los países desarrollados. “Es sorprendente constatar cómo son de parecidas las personas. Hay diferencias culturales de estilo, pero no muchas en el plano emocional”. Weissman prepara actualmente un proyecto en Congo que probará la idea del suministro de pequeñas donaciones para el tratamiento de problemas de salud mental junto con otras formas de estímulo al desarrollo económico.

Mientras las economías emergentes como India y China continúen promoviendo el crecimiento de una clase media activa, la demanda de salud crecerá rápidamente. Mark Pauly, profesor de Gestión de salud de Wharton, dice que mucha gente, en las naciones en desarrollo, compromete parte significativa de su modesta renta en los servicios de salud. Con eso, será posible desarrollar mercados de seguro privado, lo que reduciría el riesgo de ruina financiera si un miembro de la familia enferma seriamente.

Algunos países, inclusive China, tienen formas limitadas de seguro gestionadas por el Gobierno, sin embargo, Pauly dice que es posible que un mercado privado evolucione en los países pobres donde las familias, actualmente, ahorran el máximo posible para protegerse de enfermedades o accidentes que exijan tratamientos costosos. Muchos economistas dicen que si China fuera capaz de crear una red de seguridad social que protegiera sus ciudadanos del riesgo de enfermedades o de un imprevisto que exigiera el consumo total de los ahorros realizados para la jubilación, el país estaría en condiciones de soportar un mercado de consumo más pujante. El crecimiento del gasto del consumidor, por su parte, podría dinamizar la economía china y hacerla menos dependiente de los mercados de exportación. Al mismo tiempo, propiciaría también la creación de nuevos canales para los productos occidentales incentivando el crecimiento económico en todo el mundo.

De acuerdo con Pauly, una investigación muestra que bastan cerca de 10.000 suscriptores para que se tenga un conjunto factible de asegurados, principalmente en el área de la salud, ya que los recursos científicos que permiten prever el número de personas que enfermarán un determinado año están bien desarrollados. “El problema del seguro es que la prima de riesgo es modesta en comparación con lo que” una persona pagaría si ella, o un miembro de la familia, enfermara gravemente, añade Pauly.

Asociaciones público-privadas

A pesar del enorme problema que representa la mejoría de los servicios de salud en todo el mundo, comienzan a surgir algunas soluciones prometedoras, según explica Stephen Sammut, investigador y profesor del departamento de gestión de salud de Wharton. Compañías farmacéuticas multinacionales y empresas emergentes de biotecnología, dice él, están a la vanguardia del sector privado en lo que se refiere a la respuesta de los problemas mundiales de salud en el mundo en desarrollo, mientras están surgiendo algunos nuevos modelos y podrán ayudar a encontrar soluciones para los problemas relativos al sistema de salud global.

Muchas de las ideas que buscan lidiar con los problemas de salud a escala global, dice Sammut, son fruto de asociaciones público-privadas. El esfuerzo para curar la tuberculosis, malaria y otras enfermedades infecciosas que matan a millones de personas en el mundo en desarrollo exige un mecanismo que provoque, al mismo tiempo, un movimiento de acción y reacción que involucre al sector privado en soluciones sostenibles.

Gobiernos y fundaciones pueden contribuir financieramente a impulsar descubrimientos y proyectos de medicamentos o vacunas para el tratamiento de enfermedades en el mundo en desarrollo que las empresas farmacéuticas o los centros académicos tienden a ignorar. Pero las empresas necesitan la garantía de que serán recompensadas si descubren la cura o el tratamiento eficaz de una determinada enfermedad. “El dinero para eso es poco para financiar íntegramente el desarrollo de medicamentos o vacunas”, dice Sammut. “Es preciso que haya otros incentivos además de esos”.

El estímulo, añade, puede provenir de varias asociaciones público-privadas que recogen nuevas formas de crear mercados visibles para productos y servicios innovadores en el área de salud. Un ejemplo de eso son las Asociaciones de Desarrollo del Producto (PDPs, según sus siglas en inglés) —organizaciones sin fines de lucro de investigación y desarrollo virtual cuyo objetivo es acelerar la introducción de nuevos productos por medio de una cartera de asociaciones que involucre a la industria y los centros académicos. La Fundación Bill y Melinda Gates participa en asociaciones dedicadas a la investigación del VIH/SIDA, malaria, infecciones respiratorias y al descubrimiento de nuevas herramientas diagnósticas.

Otra idea gira en torno a los Compromisos Avanzados de Mercado (AMCs, en sus siglas en inglés), que crea un mercado garantizado para las compañías del sector privado que descubran nuevos medicamentos o nuevos tratamientos para una necesidad que aún no ha sido atendida. Los donantes, como UNICEF o los gobiernos, hacen un contrato por medio del cual pagan con antelación por una vacuna o por un tratamiento. “El concepto general consiste en atender al llamado fallo de mercado con fondos que impulsen el desarrollo”, dice Sammut. “La industria farmacéutica continúa responsabilizándose del descubrimiento y el desarrollo, pero sabe que, al final, habrá un mercado”.

Una solución viable es la de los Comprobantes de Revisión de Prioridad (PRVs), fruto de enmiendas, en 2007, de la legislación que rige las actividades del FDA, órgano que la gestión de alimentos y medicamentos en EEUU, responsable de aprobar, o no, nuevos medicamentos y tratamientos. El FDA puede ahora ofrecer a una empresa la rápida aprobación de un medicamento a cambio del compromiso de la empresa de desarrollar productos menos rentables para su utilización, básicamente, en el mundo en desarrollo. Por ese sistema, la empresa obtendría un comprobante por el hecho de invertir en el tratamiento de una enfermedad ignorada. A continuación, gracias a ese comprobante, ganaría tiempo en el proceso de aprobación de un medicamento cuyo éxito en el mundo desarrollado está garantizado. Sammut estima que el comprobante pueda reducir de cuatro a 12 meses el tiempo de aprobación de la FDA y generar valor en la franja de 50 a 600 millones de dólares. La FDA emitió su primer PRV a Novartis Pharmaceuticals que trabajará en el desarrollo de un medicamento contra la malaria.

Otra forma de involucrar al sector privado en el desarrollo de productos para los países pobres son los Consorcios de Propiedad Intelectual (IPPs). Los consorcios representan el acuerdo entre dos empresas, como mínimo, para el licenciamiento cruzado de patentes cuyo propósito es el descubrimiento de nuevos tratamientos más rápidamente. En 2005, las empresas involucradas en Identificación por Radiofrecuencia (RFID) formaron un consorcio de patentes. La parte más difícil de la gestión del consorcio es la filtración del porfolio de tecnologías disponibles, dice Sammut. Otro obstáculo, destaca, es la posibilidad de problemas relacionados con el antimonopolio. En marzo, GlaxoSmithKline (GSK) anunció que crearía un consorcio de patentes que daría a otras empresas acceso a la propiedad intelectual de GSK para el tratamiento de 16 enfermedades raras identificadas por la FDA.

Finalmente, el licenciamiento de productos patentados para producción de fabricantes de productos genéricos de bajo coste también es otra forma que tienen las empresas de ayudar a resolver los problemas de salud en todo el mundo, sin con eso dejar de obtener beneficios. Los gobiernos de algunos países han iniciado el licenciamiento obligatorio de productos para problemas graves de salud, como es el caso del VIH/SIDA, que se sobreponen a las reglas internacionales de comercio para la protección de la propiedad intelectual. Sammut hace referencia a la idea del licenciamiento voluntario, que permitiría a la empresa que asume el riesgo del desarrollo a asociarse con una empresa de genéricos y retener parte del negocio. Aunque el genérico sea vendido por un precio inferior a lo que la compañía farmacéutica cobraría por un producto de marca en los mercados maduros, el licenciamiento voluntario generará más ventas que si el producto no fuera vendido en los países en desarrollo. Gilead Sciences, empresa de biotecnología de EEUU, tiene acuerdos de licenciamiento con diez fabricantes indios y con un sudafricano para la distribución de medicamentos para VIH/SIDA en 95 países de baja renta. Gilead recibe pagos en royalties del 5% sobre los productos terminados.

Sammut dice que esos nuevos modelos de asociación no son construidos necesariamente de modo evolutivo. Representan alternativas que pueden ser adecuadas a las condiciones específicas en países o dentro de las empresas. Diferentes aspectos del desafío mundial a la salud pública, observa, podrán beneficiarse de la creatividad “de cada una de esa ideas”.