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11/04/2017
Detrás del fenómeno API no hay tanto una disrupción técnica como empresarial: es una palanca para facilitar la comercialización de todo tipo de productos y servicios.

El término API (Application Programming Interface) ha trascendido sus orígenes exclusivamente técnicos, y relativamente remotos, para convertirse en uno de los elementos distintivos de la digitalización de las organizaciones. A partir de los principios fundacionales de la ingeniería del software, conceptos que constituyen la base de las API, como los de modularidad, encapsulamiento o separación entre interfaz e implementación, han sustentado desde hace muchos años el diseño y desarrollo de componentes software interoperables y la arquitectura lógica de buen número de aplicaciones y sistemas informáticos.

En su encarnación moderna, sin embargo, las API van más allá de ser una mera disciplina de diseño y se convierten en el modelo de referencia de las organizaciones para facilitar la agilidad en el despliegue de nuevos servicios y modelos de negocio, para mejorar la experiencia de sus clientes, o para construir una red de terceros desarrolladores que añaden valor a sus soluciones. Aspectos todos ellos cruciales en el nuevo contexto digital. Detrás del fenómeno API no hay tanto una disrupción técnica como empresarial: es una palanca para facilitar la comercialización de todo tipo de productos y servicios.

Desde este punto de vista, las API son  en sí  mismas un producto que las compañías ofrecen al mercado para facilitar la interoperabilidad con sus sistemas de gestión. La mayor parte de empresas se convertirán en proveedoras de API, lo que explica un conocido aforismo que resume el signo de los tiempos en la economía digital: “Toda empresa es ya una empresa de software, o lo será”.

Un nuevo modelo de gestión para un nuevo modelo de relación

Una API es un artefacto software que expone una funcionalidad del negocio bien definida y soportada por los sistemas de información de la compañía y que puede ser utilizada o consumida por potenciales usuarios (agentes,  clientes, socios, etc.) a través de todo tipo de dispositivos.  La diferencia esencial entre la visión moderna de las API y sus numerosos antecedentes históricos es la forma en la que esa funcionalidad es publicada, localizada por sus potenciales usuarios, consumida y controlada. Priman la facilidad de localización y uso, la flexibilidad y la agilidad, la mejora continua y los ciclos de desarrollo y despliegue muy cortos, sin penalizar, por supuesto, la fiabilidad y la seguridad.

Estamos ante un nuevo esquema de relación entre los proveedores de las API y los usuarios de las API, que pueden ser internos o externos a la compañía. Es un esquema, en la práctica, de auto-servicio con todo lo que eso implica en el plano de la seguridad y el control del uso. Canalizar adecuadamente la relación entre proveedores y consumidores es tan relevante como la propia funcionalidad expuesta, lo que nos enfrenta a la cuestión esencial: ¿cómo una empresa debe gestionar o, de manera más general, gobernar su oferta de API?

Qué implica gobernar bien las API

En cuanto componentes software, las API muestran aspectos comunes con otros elementos del sistema bajo la perspectiva de la gestión de su ciclo de vida y, también, cambios notables respecto a otros modelos de interoperabilidad previos. Peculiaridades que nacen, en parte, de las ventajas y limitaciones del substrato técnico sobre el que operan. La máxima facilidad de publicación, acceso y consumo de las API son inseparables de la Web y sus protocolos; la manera relativamente laxa con la que estos protocolos se pueden implementar multiplica la importancia de un gobierno adecuado.

Hablamos tanto de una metodología de trabajo como de una plataforma software que posibilite su adopción e implantación. El gobierno de las API se dirige a ofrecer soluciones en tres aspectos fundamentales de su ciclo de vida: qué funcionalidad expongo, cómo controlo su operación, y cómo facilito y promuevo su uso en el ámbito de sus usuarios. Los componentes básicos de la solución de gobierno reflejan estas tres necesidades:

Fuente: http://www.computerworld.es/

El catálogo de API es el instrumento esencial para gestionar su desarrollo: documenta su funcionalidad e interfaz, maneja las diferentes versiones, activa su despliegue, o establece las dependencias con otros componentes software.

La pasarela o  “API gateway” es el corazón del gobierno: toda invocación de un API pasa por este punto y por eso es aquí es donde se gestionan  los aspectos de seguridad, control de acceso, control del consumo, o la aplicación de políticas y acuerdos de nivel de servicio.

Finalmente, el portal de API es el medio del que disponen los potenciales usuarios para conocer la oferta de API de una empresa, entender sus capacidades, familiarizarse con su uso, o solicitar las credenciales necesarias para el acceso seguro.

Son tres componentes íntimamente relacionados en la medida en que el portal o la pasarela se alimentan, lógicamente, del catálogo y el catálogo se actualiza con los datos de operación que provienen de las dos anteriores.

En definitiva, una plataforma de gobierno de API pasa a ser así una pieza esencial de toda arquitectura software en la empresa digital. Para cualquier compañía, una oferta potente de API y su buen gobierno a través de una plataforma adecuada son inseparables e imprescindibles para el éxito de la iniciativa.




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