¿Será verdad que las mujeres prefieren evitar la competición?
En una reciente presentación que tuvo lugar en Wharton se mostraba una viñeta publicada en la revista New Yorker en la que un grupo de mujeres charlaba en lo que parecía ser una típica sala de profesores de cualquier universidad. Debajo se podía leer: “Se comenta que vamos a recibir una tarjeta de Lawrence Summers por San Valentín”.
Esta frase hacía referencia a las famosas declaraciones del presidente de la Universidad de Harvard en las que sostenía que la ausencia de las mujeres en las ciencias y la ingeniería podría ser debida, en parte, a la capacidad innata inferior del sexo femenino.

La economista de la Universidad de Stanford Muriel Niederle, que evidentemente no está de acuerdo con las declaraciones de Summers, utilizaba esta viñeta para subrayar algunos resultados de sus investigaciones sobre otros posibles factores que explican la ausencia de mujeres en altos puestos en las ciencias y la ingeniería. Niederle, invitada al Seminario de Procesos de Decisión, basaba su intervención en el artículo titulado "Do Women Shy Away from Competition? Do Men Compete Too Much?" (¿Las mujeres rehuyen competir? ¿Compiten los hombres demasiado?), del que son autoras la propia Niederle y la también economista Lise Vesterlund de la Universidad de Pittsburgh.

La respuesta ante la primera pregunta es un rotundo sí. Sus investigaciones indican que incluso en tareas que las mujeres claramente desempeñan igual de bien que los hombres, es menos probable que las mujeres elijan un entorno competitivo, es más probable que minusvaloren sus resultados antes de conocerlos y tal vez incluso más probable que les asuste recibir feedback. “Si a las mujeres les asusta competir y los hombres compiten demasiado”, escriben las autoras, “esto ... reduce las posibilidades de éxito de las mujeres cuando tienen que competir para conseguir un ascenso o un puesto mejor pagado”.

Sus conclusiones están basadas en un experimento controlado en el que individuos de género femenino y masculino indicaban si estaban dispuestos –o no- a que su trabajo (en este caso la resolución de varios problemas matemáticos sencillos) se calificase en función de los resultados obtenidos por el resto. El resultado encontrado por Niederle y Vesterlund no deja de ser sorprendente: la capacidad de mujeres y hombres para resolver dichos problemas era similar, pero independientemente de su capacidad, todas las mujeres eran menos proclives a elegir un método de calificación competitivo. No obstante, con posterioridad no se pasó un cuestionario para determinar por qué estos individuos –estudiantes de la Universidad de Pittsburgh-, habían tomado las decisiones que tomaron.

Se permite tener una hoja en sucio, pero no calculadora

El experimento, que constaba de cuatro partes diferenciadas, fue diseñado del siguiente modo: los individuos –40 hombres y 40 mujeres- fueron divididos en 20 grupos formados por dos hombres y dos mujeres. Se les pagó una cantidad fija por participar y un dinero adicional dependiendo de lo bien que realizasen su cometido: hacer en cinco minutos tantas sumas de números de cinco cifras como pudiesen. Podían escribir en un papel en sucio pero no podían emplear la calculadora.

En la primera parte del experimento –denominada objetivo nº 1- los individuos tuvieron cinco minutos para resolver correctamente el mayor número de problemas posible. El premio era 50 céntimos por cada respuesta correcta. Cada uno de los miembros del grupo podía ver en una pantalla las respuestas correctas que había obtenido pero no los aciertos o errores del resto de componentes del grupo. También podían saber quiénes formaban parte de su grupo.

En el objetivo nº 2 los individuos se enfrentaron a una serie de problemas similares, pero en este caso serían calificados en relación a los resultados obtenidos por el resto, como si se tratase de un torneo en el que sólo el ganador tiene premio. El que obtuviese mejores resultados sería galardonado con 2 dólares por respuesta correcta. Los otros tres miembros del equipo se quedarían con las manos vacías. No se informó inmediatamente a cada uno de los participantes sobre quién había sido el ganador del torneo dentro de cada grupo. Sólo lo supieron una vez finalizó el experimento.

En el llamado objetivo nº 3 se pidió a los individuos que eligiesen si querían que se les pagase por cada respuesta correcta o utilizando el formato tipo torneo. En caso de escoger la segunda opción, sus resultados serían valorados en función de los resultados obtenidos por los participantes de otros grupos en el objetivo nº 2. Tal y como explicaba Niederle, de esta manera se garantizaba que no competían únicamente contra aquellos que también habían elegido este formato competitivo. Asimismo, su decisión no afectaría los potenciales ingresos del resto de individuos del experimento, ya que siempre y cuando superasen los resultados de los participantes en el objetivo nº 2 obtendrían 2 dólares por respuesta correcta. En caso contrario no ganarían nada.

En el objetivo nº 4 de nuevo los individuos tuvieron que tomar una decisión. Se les podía pagar 50 céntimos por cada respuesta correcta obtenida en el objetivo nº 1 o bien podían entrar a formar parte de una especie de torneo en el que estos resultados serían evaluados en relación a los de otros tres participantes. Si sus resultados eran mejores, ganaban 2 dólares por respuesta correcta; en caso contrario no recibían nada. Como en este objetivo los individuos no tenían que realizar de nuevo ninguna prueba, la decisión no estaba condicionada por su deseo de volver a participar en un torneo, sino por su tolerancia al riesgo y sus estimaciones sobre cómo les habían salido los problemas previamente.

A pesar de los estereotipos que circulan sobre las mujeres y las matemáticas, Niederle eligió problemas aritméticos sencillos porque diversas investigaciones muestran que a ese nivel no existen diferencias entre los géneros. “Hicimos pruebas con anagramas y en ese caso los hombres sí obtenían mejores resultados”, explicaba.

Niederle citaba un estudio que indicaba que sólo el 2,5% de los cinco ejecutivos mejor pagados dentro de una muestra formada por empresas de gran tamaño eran mujeres. En el ámbito académico la situación es bastante similar por categorías. Asimismo, Niederle citaba varios estudios psicológicos sobre la poca disposición de las mujeres a competir, que es precisamente lo que se proponía demostrar con su experimento.

Algunos de sus descubrimientos son:

* El doble de hombres que de mujeres eligieron un formato tipo torneo frente a un formato no competitivo
* Si los participantes únicamente conocen sus resultados absolutos, esto es, no en relación con los demás, los “hombres se muestran significativamente más seguros de sí mismos sobre su calificación comparativa”.
* Posiblemente las mujeres sean más adversas al riesgo que los hombres y más adversas a recibir feedback sobre sus resultados comparativos.

Niederle descubría que en el objetivo nº 1 –cuando todos hacían los problemas y se les pagaba por respuesta correcta-, no se producían diferencias entre los resultados por cuestiones de género. Asimismo, tanto los resultados de hombres como de mujeres mejoraban cuando resolvían los problemas en un contexto competitivo, y la mejora era similar para ambos géneros.

Pero cuando los grupos realizaron los objetivos nº 3 y nº 4, sólo el 35% de las mujeres eligieron la evaluación tipo torneo, mientras el porcentaje entre los hombres era del 73%. Incluso las mujeres que habían obtenido los mejores resultados se mostraban menos proclives a participar en el torneo que los hombres con peores resultados.

Aunque durante el experimento los participantes tan sólo supieron sus resultados propios, se les pidió que estimasen lo bien que lo habían hecho en relación al resto. En este caso las diferencias fueron muy llamativas: el 75% de los hombres creían haber sido los mejores dentro de su grupo, mientras que para las mujeres dicho porcentaje tan sólo era del 43%. En otras palabras, tres cuartos de los hombres creían haber acabado en el último cuartil pero menos de la mitad de las mujeres pensaba lo mismo. A primera vista este mayor optimismo de los hombres en cuanto a sus resultados parece explicar tan sólo, en parte, esa mayor disposición a participar en un torneo, explicaba. “Las mujeres con mejores resultados eligieron en contadas ocasiones participar en el torneo; sin embargo la frecuencia con que los hombres con malos resultados decidieron participar fue demasiado elevada”. De hecho, la diferencia entre la disposición de hombres y mujeres a participar en el torneo fue más acentuada entre el cuartil con mejores resultados de cada grupo.

Las presiones familiares y la discriminación por cuestiones de género son dos factores a los que frecuentemente se recurre para explicar la escasez de mujeres en altos puestos, en particular en el ámbito de las ciencias, las matemáticas o la ingeniería. Sin embargo, Niederle y Vesterlund sugieren que “posiblemente las mujeres rehuyan las competiciones simplemente porque no les gusta estar en un entorno en el que tienen que competir”. Tal y como explicaba Niederle, “es posible que no te guste la competición incluso aunque se te dé bien”.

Niederle también señalaba los resultados del objetivo nº 4 del experimento, esto es, cuando no era necesario volver a pasar por un torneo, como evidencia de que seguramente las mujeres sean más adversas al riesgo. En este objetivo nº 4, el 55% de los hombres optaron por el contexto competitivo, porcentaje que apenas alcanzaba el 25% entre las mujeres.

En la entrevista que concedió tras su conferencia, Niederle afirmaba que le animaba mucho el interés que había despertado el tema entre economistas, psicólogos y sociólogos. En su opinión, esto podría ser señal de la creciente preocupación por la pérdida de potenciales talentos cuando las mujeres están infra-representadas en determinados ámbitos. Niederle tiene pensado ampliar sus investigaciones para incorporar el tema de la discriminación positiva: por ejemplo, ¿las mujeres habrían tomado otras decisiones si hubiese un premio por obtener los mejores resultados entre las mujeres de su grupo? Esto efectivamente constituiría un incentivo adicional para cualquier participante de género femenino que no disfrutarían los participantes masculinos contra los que compite. Por lo que se refiere al ámbito académico, a Niederle parecía preocuparle “que la probabilidad de perseguir objetivos más ambiciosos fuese mayor entre los hombres que entre las mujeres. En la universidad, hay más mujeres que eligen carreras que se consideran fáciles”.

Algunos de los presentes en la conferencia de Niederle cuestionaron que en el experimento se emplease una tarea –problemas de matemáticas- para la que tradicionalmente se considera que los hombres son mejores. “¿Podrían los hombres mostrarse más seguros de sí mismos simplemente en base a los estereotipos existentes acerca de las matemáticas?”, preguntaba una mujer. Otro oyente señalaba que los participantes en el experimento podían ver al resto de miembros de su equipo mientras realizaban los problemas, y en este caso el lenguaje corporal de los hombres podría mostrar más confianza en sí mismos y por tanto influir sobre las féminas.
Tal y como sugería un hombre del público en su irónica intervención, “¿Qué pasaría si se hubiera empleado otro tipo de tarea para la que se necesitase tener paciencia?”.


Muriel Niederle and Lise Vesterlund
June 29, 2005
Abstract

Competitive high ranking positions are largely occupied by men, and women remain scarce in engineering and sciences. Explanations for these occupational differences focus on discrimination and preferences for work hours and field of study. We examine if absent these factors gender differences in occupations may still occur. Specifically we explore whether women and men, on a leveled playing field, differ in their selection into competitive environments.

Men and women in a laboratory experiment perform a real task under a non-competitive piece rate and a competitive tournament scheme. Although there are no gender differences in
performance under either compensation, there is a substantial gender difference when participants subsequently choose the scheme they want to apply to their next performance.

Twice as many men as women choose the tournament over the piece rate. This gender gap in tournament entry is not explained by performance either before or after the entry decision.

Furthermore, while men are more optimistic about their relative performance, differences in beliefs only explain a small share of the gap in tournament entry. In a final task we assess the
impact of non-tournament-specific factors, such as risk and feedback aversion, on the gender difference in compensation choice.

We conclude that even controlling for these general factors, there is a large residual gender gap in tournament entry.